Trauma y pràcticas restaurativas

 

Llevo algunos años muy interesada por el tema del trauma así que, inevitablemente, en mi trabajo como mediadora, me pregunto como el trauma puede afectar en nuestros conflictos y en los espacios donde queremos dialogar.

Me encantó descubrir este libro de Brummer  y esta formación que estoy acabando de trauma y prácticas restaurativas con Margaret Thorsborne  y mi intención al escribir este artículo es compartir algunos de mis aprendizajes.

Pero antes de nada… ¿qué entendemos por trauma? Este término[1] se ha popularizado tanto en los últimos años que a veces creo puede llevar a confusión.

Una definición sencilla de Brummer: “Trauma no son los acontecimientos que experimentamos sino nuestra respuesta a ellos. Es decir, cómo respondemos a acontecimientos que sobrepasan la capacidad de nuestro sistema nervioso, como por ejemplo el abuso, el acoso, la pérdida, la negligencia, el hecho de experimentar o presenciar o violencia.(…)”. Según este autor, el trauma favorece la desregulación del sistema nervioso. Algunos síntomas pueden ser ansiedad generalizada, dificultad para regular e identificar el hambre o el sueño, episodios de disociación, sentido de sí mismo basado en la vergüenza y fragmentado.

Y, como explica Jessica Fern, “Las heridas del trauma y del apego no son solamente fruto de experiencias individuales o relacionales. También son fruto del mundo en el que vivimos, en el que la injusticia y desigualdades de poder siguen existiendo (…). La homofobia, el racismo, el sexismo no solo existen a nivel social. Tienen un impacto muy real, incluido en las casas y barrios donde vivimos, a que colegios vamos, como comemos, como nos tratan los profes o la policía. (…). Estas experiencias sociales pueden filtrarse a nivel personal, interiorizándose como culpa, vergüenza o autodesprecio. “

Y aquí está una de las claves: el cerebro hace predicciones basándose en su mapa del mundo almacenado. Si una persona ha tenido experiencias adversas, es posible que eso le influya a la hora de responder a situaciones que su cerebro interpreta como una amenaza.

El Dr Perry, psiquiatra e investigador en neurociencia, explica claramente esto cuando nos habla del funcionamiento secuencial del cerebro: en los casos donde ha habido trauma, la mente está casi exclusivamente dedicada a crear seguridad mediante variaciones de los estados de lucha, huida o parálisis y difícilmente se puede dedicar a otras áreas como el aprendizaje o las relaciones sociales. Es como si tuviéramos sistemas continuamente en alerta escaneando el entorno:“¿Estoy segura?” “¿Importo?”). Hasta que la persona no perciba seguridad lo primero, y conexión o pertenencia después, le puede resultar difícil acceder a ciertas capacidades localizadas en el neocórtex (razonar, planificar, tomar decisiones, controlar la atención…). A una escala menor, a quién no le ha pasado alguna vez, en una situación con estrés, de no poder recordar algún dato (un número de teléfono, un nombre etc) que conoce perfectamente? La información está pero no podemos acceder a ella porque hay muchos recursos cognitivos gestionando el estrés.  Si estamos desregulados, poner atención a una clase o una conversación es simplemente imposible, nuestro cerebro está reaccionando a un peligro real o percibido y emplea todos sus recursos para la supervivencia.

¿Y esto qué tiene esto que ver con las Prácticas restaurativas?

Pues mucho ya que, tal y como las entiendo, se centran justamente en construir comunidad y crear entornos donde los vínculos están en el centro. Si en el lugar donde trabajo (ya sea en un aula o en una organización) se crea un clima de conexión, buenas relaciones interpersonales, una confianza de que en el caso de que haya conflictos los podremos abordar, se están dando las condiciones para una mayor percepción de seguridad y sensación de pertenencia y por lo tanto, más probabilidades de que se de un buen clima relacional fértil para el desarrollo de las personas, el aprendizaje y la creatividad.

 

Cuando ya existe conflicto o tensión, estas prácticas nos ofrecen una manera de responsabilizarnos de los actos que han causado daño diferente del castigo. Además de los efectos negativos que ya conocemos de la sanción (no favorece una motivación intrínseca sino que la persona obedece desde el miedo, tiene un impacto negativo sobre el vínculo etc.), como afirma Joe Brummer hablando de centros educativos: “Para las personas a las que les faltan habilidades para autorregularse, sobre todo si tienen algún tipo de trauma en el fondo, es más probable que la amenaza de un castigo desregule su sistema nervioso, causando rechazo y escalándolo hasta niveles ingestionables o incluso peligrosos. Esto se da porque no tienen las habilidades para responder o han desarrollado estrategias de supervivencia que pueden parecer un desafío hacia los adultos.” Sobre esto, me gustó escuchar a Margaret decir: “En vez de preguntarnos qué castigo necesita un niño/a, sería más útil pensar qué experiencias necesita para dar forma y ayudar a madurar su cerebro y para cultivar habilidades relacionales.” No estamos hablando aquí de permisividad o condescendencia, sino de encontrar maneras de responder al daño que incluyan brindar el máximo apoyo posible a las personas para que puedan asumir su responsabilidad y, en algunos casos, llegar a acuerdos sobre acciones de reparación.

Sigo muy interesada por esta perspectiva del trauma y con ganas de seguir aprendiendo. Me ayuda a entender algunas reacciones tanto en mi trabajo como en mi vida personal, y de este modo, a tener más espacio interno desde el cual elegir como quiero responder.

Como decían Beckes y Coan[2].“La calidad de nuestras conexiones nos ayuda a regular o recuperarnos de las emociones negativas en el cerebro”. En esta etapa de múltiples crisis sociales y ecológicas, qué importante pues seguir caminando hacia culturas escolares y organizacionales que, mientras velan por su propósito, cuiden las relaciones entre las personas.

 

 

[1] Según afirma el doctor Frank Anderson en su libro “Trascender el trauma”, existen varios tipos de trauma: agudo, crónico, complejo (que incluye el trauma de desarrollo) y disociativo.
[2] Beckes, L., & Coan, J. A. (2011). Social baseline theory: The role of social proximity in emotion and economy of action. Social and Personality Psychology Compass.