“¡No por sentarnos en cìrculo somos iguales!: Pràcticas restaurativas y poder.”

 

Hasta hace unos años, no me era fácil expresarme delante de un grupo. Y veía cómo había personas que intervenían y aportaban con mucha más facilidad de otras. Es cierto que notaba diferencias según los grupos, según el tipo de facilitación y según mi nivel de seguridad interna en aquel momento.

Ahora que parte de mi trabajo consiste en facilitar mediaciones y círculos de diálogo en entornos educativos y organizaciones, quisiera aportar algunas reflexiones y prácticas que me ayudan a intentar  que las voces de todas las personas tengan más posibilidades de ser escuchadas. Las comparto aquí con la esperanza de que puedan ser útiles a las personas que estáis facilitando círculos o conversaciones.

Para empezar, los círculos de diálogo por su estructura y planteamiento ya crean un espacio que ayuda a la participación y a la construcción de comunidad: El hecho de sentarnos de una manera en la que tenemos contacto visual, el objeto de palabra que va pasando por cada persona, otorgando la palabra sin tener que pedirla o luchar por ella, las preguntas que nos invitan a conectar con la parte nuestra que siente y anhela y no tanto la que enjuicia, el tipo de escucha de la facilitadora… todo esto ya ayuda, y mucho, a ver caminos de salida del paradigma de competición y separación y en el que estamos frecuentemente.

Al mismo tiempo, las diferencias de poder siguen existiendo entre las personas participantes y añaden una capa de complejidad. Si desde la facilitación, no somos conscientes de esto y no tomamos algunas acciones, es probable que en los círculos se reproduzcan y perpetúen las diferencias de poder presentes en el grupo y en los sistemas en los que vivimos.

Si pienso por ejemplo un círculo de diálogo o en un círculo restaurativo en un aula de primaria o secundaria, puede haber varias razones por las que una persona decida, más o menos conscientemente, no expresarse o hacerlo a medias. Una de ellas puede ser porque no perciba seguro el espacio y eso puede ser debido a su carácter o «mochila» (experiencias que cargamos del pasado). También pueden incidir las relaciones de poder (visibles o sutiles) que se estén jugando en ese momento (por ejemplo, entre compañer@s de clase, con el/la docente que facilita según utilice su poder etc). Además, algun@s alumn@s les puede costar mucho coger la palabra, especialmente cuando han tenido experiencias repetitivas en sus vidas (por su país de origen, género, situación socioeconómica) de no ser escuchadas o no ser tomadas en serio. Como dicen  S. Bater and C. De Angelis “La opresión como experiencia habitual de vida va creando un trauma psicológico en los cuerpos individuales y colectivos y esto tiene un impacto a nivel cerebral y en el sistema nervioso, limitando nuestra personalidad, como traemos nuestra voz y como nos relacionamos con el mundo.”.

Me encanta como lo explica  Sara Carro “Lo que estamos buscando para una convivencia sana es el dinamismo en las relaciones de poder. Todos los grupos tienen centros (donde las personas que representan los valores o actitudes más valoradas por el grupo y que tienen más capacidad de incidir) y márgenes (donde se encuentran las personas que representan características que se valoran menos y tienen menos capacidad de incidir). Cuando las dinámicas de poder se estancan y en una clase son siempre las mismas personas las que están al margen, tenemos el terreno cultivado para que la discriminación aparezca”.

Algunas prácticas que pueden ayudar a lograr ese dinamismo y flexibilidad en las relaciones de poder, ya sea en círculos proactivos (de cohesión y creación de comunidad) o responsivos (círculos más formales y estructurados cuando ya estamos en la fase visible del conflicto) se pueden encontrar en esta infografía.

También es importante la parte de valorar la idoneidad de hacer un círculo o no, como nos explica Mónica Albertí. Y cuidar lo que pasa antes y después de los círculos, de ahí la importancia de que haya una cultura restaurativa en el centro o en la organización, más que creer que un círculo puntual cambiará todo.

En fin, los círculos no son la “panacea” a todas las dificultades…pero sí ofrecen valiosas oportunidades para la expresión honesta y escucha profunda así como para construir nuevos vínculos que puedan cambiar la configuración de la clase, para poder escuchar voces que hasta ahora no se habían atrevido a mostrarse…Y sí, la filosofía y el método del círculo facilitan enormemente esto…a condición de ser conscientes de estas dinámicas de poder, de respetar los límites de cada persona sobre lo que quiere o no expresar y de permanecer en contacto con la humanidad y las necesidades de todas las personas del círculo. Y cuando no podamos o no sepamos, buscar apoyo para poder acoger nuestras partes inseguras, tristes…Y seguir aprendiendo sobre como crear grupos y organizaciones y grupos con dinámicas más sanas, que son, en palabras de Sara Carro,  “aquellas en las que todas las personas pueden encontrar el apoyo necesario para acceder a la sensación de poder interior.»